McCartney III: El beatle cierra la “trilogía” solista que inició en 1970 con un álbum perfecto grabado en pandemia

Hay gente que sólo tiene ganas de vivir por el nuevo álbum de Paul McCartney. Hay otra que piensa que Paul, gracias a su inigualable narcisismo, se convirtió en un espectáculo decadente y digno de la tradición crepuscular del Elvis que tocaba en Las Vegas para personas que hacían barullo eructando la cena.

El beatle cierra la “trilogía” solista que inició en 1970 con un álbum perfecto grabado en pandemia, con ráfagas de genialidad y sin más influencias que su propio pasado.

Paul ya vivió el doble que John Lennon. Y lo hizo tanto y tan luminosa, sagrada y célebremente, teniéndolo claro todo, desde un acorde hasta qué hacer con el efecto invernadero, que su existencia es la del influencer más antiguo de la cultura popular. Su querida presencia, la misma que nos ha trepanado el cerebro desde que tenemos uso de razón es, a la vez, lo que curiosamente permite que podamos recorrerlo de manera inversa, como si la sola mención de su nombre fuera el perverso mito del eterno retorno.

“¿Por qué en el mundo todo muere y Los Beatles no”, se pregunta Roberto Pettinato, convencido de que John, Paul, George y Ringo son la banda de sonido del planeta Tierra. ¿Saben cuántas veces nos preguntamos lo mismo? La última, ayer cuando vimos a un chico de nueve años tarareando no Something, no Let it Be, no Help, no Yesterday, no A Day in a Life: Eight Days A Week, un tema menor de un disco bastante mediocre.

 

 

Paul es la representación de la genialidad, el dueño de nuestra juventud y de buena parte de nuestra vida también. Sin dudas, uno de los responsables inscriptos de la palabra felicidad. Comprendemos su amor a sí mismo, pero no su falta de serenidad. Tampoco esa forma metodológica y obstinada de heroísmo astuto y malcriado, suave siempre, que supo transformar en el centro de atención de su personalidad.

Haber sido un beatle fue único y grandioso. Hasta un plomo de Abbey Road pudo escribir su propio libro después de cargar la guitarra de George Harrison. O, sin ir más lejos, Ringo Starr, adorable, simpatiquísimo, logró seguir viviendo sin su amor a medio siglo de la separación del mejor grupo de la historia.

Pero cuando sinceramente ya nadie espera un nuevo disco de McCartney –esto lo escribimos con el anterior y flojito Egypt Station, de 2018-, la deidad omnisciente acaba de publicar McCartney III, lanzamiento (estará disponible el próximo viernes 18 de diciembre) cuya nombre conduce a sospechar, no sin justificada causa, de cierta casta nobiliaria.

El título de lo más reciente de Paul (“nuevo” es otra cosa) es, sin embargo, un certificado de número redondo que proviene de McCartney, publicado en 1970, y de McCartney II (1980), ejecutados enteramente en plan solista. En otras palabras, ni una ridícula década puede arrancar sin la bandera de largada de McCartney.

“Ni una ridícula década puede arrancar sin la bandera de largada de McCartney.”

Un disco que se apila arriba de otro y de otro más. McCartney no es como los Yardbirds o Thom Yorke. “Experimentación”, para él, significa sacarse una foto con Taylor Swift o que su apellido comparta improbable cartelera junto al de Maluma. Punto.

Nos encantaría calcular el “genio retorcido” de Paul, pero olvídenlo. Ni siquiera cuando habla de él pareciera autoexaminarse sin tener en cuenta el alcance mainstream de su desahogo. Eso es lo que le pasa a alguien cuya obra jamás pasó inadvertida. Y este disco, como varios otros de su cosecha, es el resultado artístico de alguien que agotó la capacidad de asombro.

Paul suena bien, ¡obvio!, pero sus canciones estrenadas son símbolos y decorados llenos de antiguos medallones. Hace rato que con McCartney no alcanza, pero sin él no se puede.

 

Artesanal pero hi-fi; lo nuevo de Paul McCartney suena tan perfecto que el concepto de "hecho en casa" pierde un poco de gracia (sólo un poco). /Foto Gentileza Prensa - Mary McCartney

Artesanal pero hi-fi; lo nuevo de Paul McCartney suena tan perfecto que el concepto de “hecho en casa” pierde un poco de gracia (sólo un poco). /Foto Gentileza Prensa – Mary McCartney

Sí, es un álbum tributo a su propia obra. Sí, es un pastiche de fórmulas cabales y precisas de quien en absoluto perdió la confianza en sí mismo.

Long Tailed Winter Bird abre con la sensación de una obra indefinida como buen instrumental. Podría acercarlo tanto a Stockhausen como a Santaolalla. Un riff piquetero, un bucle finito, riguroso. El efecto deseado es volverse hipnótico, finamente lisérgico.

Find My Way llega a un estribillo que si te agarra con las defensas bajas hasta puede parecer pegadizo. Una de esas canciones que los críticos suelen tildar de “orgánicas” y “reconfortantes”.

Pretty Boys trata sobre su relación con la fotografía en tanto modelo o víctima de paparazzis o algo así. Producto auténtico del ex beatle que nunca le hizo daño a nadie.

 

Nuestro Mozart: A cargo de todos los instrumentos McCartney sufre el mal -no tan malo- del pionero, que solo es influido por él mismo. /Foto Gentileza Prensa - Mary McCartney

Nuestro Mozart: A cargo de todos los instrumentos McCartney sufre el mal -no tan malo- del pionero, que solo es influido por él mismo. /Foto Gentileza Prensa – Mary McCartney

Es su décimo octavo álbum solista. Seguimos interrogándonos en voz alta: ¿es esta la música que andabas esperando?

Paul saca un disco planeado íntegramente en cuarentena, salvo un par de temas que estuvo trabando antes de la peste. De entrada paramos las antenas pensando en derrapes, en un Paul medio tronado por lo de #Quedate en casa. Pero no, ni ahí, encontramos un álbum perfecto, tal vez demasiado por lo artesanal de un producto incubado al calor del encierro global.

Podría ser un trabajo de mierda y tendría más sentido. Paul saliendo a declarar que fue víctima del porcentaje de casos de depresión fruto del COVID-19, o hablando de trastornos de ansiedad luego de meses de encierro, y nosotros, ¡wau!,  asimilando el caos como testigos petrificados de un ex beatle que, de golpe, quedó reducido a una música pasada de tonta y parecida al reguetón.

Nada de eso. Es un disco lindo, lleno de estándares macárnicos donde nuestro Mozart continúa sufriendo el mal del pionero, es decir, un álbum donde no hay más influencia que la suya.

McCartney no vacila nunca. Es un género en si mismo. Un faro cegador y eterno.

Podríamos asegurar que es un disco sin pretensiones. Paul nunca trata de ser algo que no es. Lo que elogiamos cuando se habla de un bodegón, tratándose de él resulta un lamento algo perturbador. Por eso seguimos prefiriendo mil veces escucharlo en los Beatles.

La información dice que Paul toca todos los instrumentos de McCartney III. Lo de hacerse cargo íntegramente tendrá que ver con la distancia social porque, la verdad, eso del “hombre orquesta” es un concepto obsoleto que, lejos de parecer virtuoso, aplana las energías vitales de la convivencia. Eso se nota: hasta cuando hace soul, Paul suena como si Motown nunca hubiera existido.

 

También baterista, el beatle reflota el viejo concepto del "hombre orquesta. /Foto Gentileza Prensa - Mary McCartney

También baterista, el beatle reflota el viejo concepto del “hombre orquesta. /Foto Gentileza Prensa – Mary McCartney

¿Último disco interesante de McCartney? Flaming Pie, 1997. No se le dio mucha bola porque en ese momento el mundo estaba encantado con los hermanos Gallagher. El lanzamiento terminó de expirar cuando la nobleza le hizo el flaco favor rockero de condecorarlo Caballero de la Orden del Imperio Británico.

“Tenía algunas cosas en las que trabajé a lo largo de los años, pero el tiempo pasó y las dejé a medias, de manera que he retomado aquello que tenía”, dijo McCartney acerca de su decimoctavo disco solista.

La noticia coincide con el 50 aniversario de su primer proyecto solista. McCartney lll vendría a completar una trilogía de álbumes homónimos que empezó a grabar antes de que los Beatles dejaran de existir.

En Women And Wives canta con la voz arrastrada como tratando de ser un otro de similar grandeza. Corte sexy que tiene una ráfaga de genialidad incluso en su adecuada melodía.

Lavatory Lil: canción pequeña protagonizada por una Telecaster de 1954 que, según el protagonista, no había tocado demasiado hasta este álbum. Se trata de un rock patriarcal que puede aparecer en una antología de esencias aromáticas del movimiento. Tiene la excitación de una conferencia episcopal.

Deep Deep Feeling o el tema “loco” del álbum dura ocho minutos y 25 segundos. Confrontando antojos de continuidad y sospechosas de turbulencia, si se la compara con la Number Nine del Album Blanco, tiene tres segundos más. Desde lo formal, mientras el tema de Los Beatles es irritante por donde se lo mire, este, según Paul, sólo llegaría a la categoría de “claustrofóbico”. En él se repite una frase haciéndola rebotar de un lado a otro como si la canción fuera una cancha de padel.

Sliden es regresión uterina a Helter Skelter (A troche y moche), primer tema heavy de la historia. Si una estuvo planeada para romper las cuerdas del bajo, su secuela efusiva es más que un espejo melancólico de la anterior.

 

Paul sacó del "depósito" una vieja telecaster de 1954 para un "rock patriarcal". /Foto Gentileza Prensa - Mary McCartney

Paul sacó del “depósito” una vieja telecaster de 1954 para un “rock patriarcal”. /Foto Gentileza Prensa – Mary McCartney

Y de ahí The Kiss of Venus acordes intimistas sin alardes, inspirada en un libro de constelaciones y estrellas. Es todo lo que está bien en una canción pochoclera de consumo masivo, que emite buena vibra y habla de un artista en estado de notoriedad permanente. Para la hora de la leche.

Seize the Day. Eso de aprovechar el día debe tener ecos de la pandemia. “Con la composición de canciones tengo una idea, luego trato de averiguar qué es lo que estoy diciendo. Sigo un rastro, como un rastro de migas de pan que te lleva fuera del bosque”, explicó sobre su forma de componer.

El estribillo (When the cold days come/And the old ways fade away) es 100% beatle. Lo más pegadizo del disco.

Para terminar, una delicia el órgano Hammond de Deep Down, melodía que le encantaría a Stevie Wonder. Winter Bird-When Winter Comes tiene algo del principio, en guiño cómplice que sirve para cerrar el concepto de esa cosa extraña llamada Long Play.

La coda remite a su faceta Familia Ingalls, recordando las tareas hogareñas y la vida de campo. Si señores, Paul pintó techos a dos aguas, plantó verduritas y arreglo desagües. Un rebelde en la granja.

 

Fuente\ clarin.com Portal de Noticias

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